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¡Ya no soy un niño!

Cuántas veces esa frase taladra los oídos de muchas mamás y es el inicio de una pelea…

Los hijos adolescentes suelen ponerse en jueces estrictos de sus padres. Todo lo que mamá dice es ridículo. La música que oye es de la época de los dinosaurios, la ropa que usa es de “vieja”…y así una larga lista.

De ser sus ídolos en la infancia, los padres del adolescente pasamos a ser los seres más tontos del planeta.Somos anticuados, lentos, exagerados. En fin, todo lo que hacemos está mal.

Si le ponemos horarios para volver a casa o decidimos ir a buscarlos nos reprochan que  los tratamos como niños.

Nuestros hijos adolescentes están pasando por una etapa en la cual tienen que marcar su territorio y señalar su independencia frente a sus padres. Están por convertirse en personas adultas pero para ello tienen que encontrar un equilibrio entre libertad y responsabilidad, lo cual muchas veces crea una crisis dentro de ellos. Si a eso le sumamos la presión de sus pares, en ese momento de su vida más influyentes que su familia, el problema puede tomar otras dimensiones. Ellos quisieran ser dueños de las libertades sin las responsabilidades que toda libertad trae consigo.

Mostrarles nuestra cercanía física y emocional sin por ello invadir sus espacios y su intimidad parece ser la receta perfecta. Muchos adolescentes se vuelven distantes, a veces agresivos, exigentes. Sin embargo debemos entender que eso no es algo personal contra nosotros. Ellos mismos están pasando una serie de cambios hormonales y físicos que ni siquiera comprenden.

En un momento te buscan y te abrazan y a las dos horas te dicen: “dejame solo”.

Es porque en ese juego de ceder y tirar de la cuerda van aprendiendo a través del ensayo y el error a manejar sus emociones cambiantes y confusas. Mantener una distancia saludable (sin ser por ello indiferencia) es bueno para mejorar las relaciones en estos años complicados. La adolescencia dura solo un tiempo y el amor que subyace en todo esto es lo que sacará a flote la relación y perdurará luego que pasen las tormentas propias de la edad.

A pesar de todo, si a veces tu hijo se queja de que lo tratas como a un niño puede ser que tenga la razón. Nos cuesta verlos crecer, lo hacen tan rápido…Es bueno reflexionar si no lo estamos sobreprotegiendo y no le damos permiso para hacer cosas propias de la edad que tienen.

Dejar que elija su ropa aunque no coincida con nuestro gusto, salir con amigos a un horario diferente que cuando era un niño o permitir que haga un pago o tome alguna otra decisión propia es bueno para la formación de su personalidad y su carácter. Deja que tu hijo haga lo que puede hacer, permite que se equivoque, así aprendemos todos. Tú también fuiste adolescente aunque a veces lo olvides.

Intentemos pensar que si bien nuestro hijo no es un adulto aún, tampoco es un niño y no va a volver a serlo. Háblale como a un adulto, intercambia opiniones, pregúntale qué piensa sobre determinado tema. Hasta puedes pedirle un consejo. A veces, los adolescentes tienen la mente mucho más clara que los mismos adultos.

Si has sembrado en él buena semilla durante la infancia y tienes un buen diálogo con él no hay razón para tener miedo de soltar un poco la rienda y descansar un poco.

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