Publicado: 1 enero, 2022
Actualizado: 31 enero, 2026
Cuando descubrí que estaba embarazada, una de mis primeras preocupaciones fue: «¿Estoy comiendo bien para mi bebé?». Recuerdo perfectamente la sensación de responsabilidad abrumadora al darme cuenta de que cada bocado que tomara ahora alimentaría también a la pequeña vida que crecía dentro de mí. Durante mis nueve meses de embarazo, aprendí que la alimentación no solo se trata de «comer por dos», sino de comer inteligentemente para dos. Lo que quiero compartir contigo son las experiencias reales, los errores que cometí, lo que me funcionó y lo que hubiera deseado saber desde el principio sobre la alimentación durante el embarazo.
Nota importante: Este artículo comparte experiencias personales de una madre, no constituye consejo médico. Cada embarazo y mujer es diferente. Para cualquier duda sobre alimentación durante el embarazo, consulta siempre con tu médico, obstetra o nutricionista de confianza.
En este artículo
Lo que descubrí sobre alimentarme durante el embarazo:
- No necesitas comer por dos en cantidad, sino en calidad nutricional
- Las náuseas del primer trimestre cambiarán completamente tus preferencias alimentarias
- La hidratación es tan importante como la comida sólida
- Los antojos tienen razones reales, pero no siempre saludables
- Planificar las comidas te salva cuando no tienes energía para decidir
Mi experiencia con las náuseas y los cambios de apetito
El primer trimestre: cuando nada te apetece
Confieso que durante las primeras 12 semanas, la teoría de la alimentación perfecta se fue por la ventana. Las náuseas matutinas (que en mi caso duraban todo el día) hicieron que alimentos que antes adoraba ahora me dieran asco solo de pensarlos. El pollo, que antes comía sin problemas, se convirtió en mi enemigo número uno.
Lo que me salvó durante esta etapa fueron los crackers integrales junto a mi cama. Antes de levantarme, comía dos o tres para calmar el estómago. También descubrí que el jengibre realmente funciona: me preparaba té de jengibre natural o chupaba caramelos de jengibre cuando las náuseas eran intensas.
Encontrando alternativas cuando todo te da asco
Mi obstetra me tranquilizó explicándome que el bebé toma lo que necesita de las reservas de mi cuerpo durante el primer trimestre. Según la Organización Mundial de la Salud, es normal que muchas mujeres pierdan peso durante las primeras semanas por las náuseas. Lo importante era mantenerme hidratada y comer lo que pudiera tolerar.
Mis salvavidas del primer trimestre fueron:
– Frutas ácidas: mandarina, naranja y limón me calmaban las náuseas
– Carbohidratos simples: pan tostado, arroz blanco, pasta simple
– Lácteos fríos: yogur natural y queso fresco me apetecían más que calientes
– Comidas pequeñas y frecuentes: cada 2-3 horas en lugar de tres comidas grandes
La importancia real de los nutrientes (lo que aprendí después)
Cuando las náuseas pasaron y pude enfocarme en la nutrición
Alrededor de la semana 14, empecé a sentirme humana otra vez. Fue entonces cuando realmente pude concentrarme en dar a mi bebé los nutrientes que necesitaba. Mi nutricionista me ayudó a entender que no se trataba de comer el doble, sino de elegir mejor.
La Asociación Americana del Embarazo recomienda solo unas 300 calorías adicionales por día durante el embarazo, pero yo pensaba que necesitaba mucho más. Este fue uno de mis mayores aprendizajes: la calidad sobre la cantidad.
Los nutrientes que realmente marcaron diferencia en cómo me sentía
El hierro salvó mi energía
Durante mi segundo trimestre, me sentía agotada constantemente. Los análisis mostraron que tenía los niveles de hierro en el límite. Mi médica me recomendó suplementos, pero también aumentar alimentos ricos en hierro. Las lentejas se convirtieron en mi mejor amiga – las preparaba en ensaladas frías, sopas, o como acompañamiento.
El calcio más allá de la leche
Nunca fui muy fanática de la leche, así que busqué otras fuentes de calcio. Los frutos secos, especialmente las almendras, se convirtieron en mi snack favorito. También descubrí que las verduras de hoja verde como las espinacas y el brócoli son excelentes fuentes de calcio.
Las proteínas creativas
Con mi aversión al pollo durante gran parte del embarazo, tuve que ser creativa. Los huevos se volvieron mi proteína principal – los preparaba revueltos con verduras, en tortillas, o duros para snacks. El pescado, especialmente el salmón, me encantaba y según MedlinePlus, es excelente fuente de omega-3 para el desarrollo cerebral del bebé.
Lo que nadie me contó sobre los antojos
Cuando tu cuerpo te pide cosas extrañas
Mis antojos no fueron los típicos pepinillos con helado, pero sí tuve algunos momentos curiosos. Durante varias semanas solo quería ensaladas con mucho limón, y después de investigar descubrí que probablemente mi cuerpo necesitaba más vitamina C y ácido fólico.
Pero también tuve antojos menos saludables. Hubo una semana donde solo quería papas fritas. Mi estrategia fue buscar alternativas más sanas: horneaba batatas cortadas como papas fritas con un poquito de aceite de oliva y sal. No era exactamente lo mismo, pero satisfacía el antojo sin tanto remordimiento.
Cómo manejo los antojos de dulces
El antojo de dulces fue constante durante mi tercer trimestre. En lugar de negarme completamente (porque eso me generaba más ansiedad), busqué opciones más nutritivas. Las fechas rellenas con mantequilla de almendra se convirtieron en mi dulce favorito. También preparaba smoothies con frutas congeladas que me daban esa sensación cremosa de helado.
Las comidas que me dieron energía y bienestar
Mis desayunos que realmente funcionaron
Después de mucha experimentación, encontré una fórmula de desayuno que me daba energía sostenida:
– Base de avena con leche de almendra
– Frutas frescas (usualmente plátano y berries)
– Frutos secos (almendras o nueces)
– Una cucharada de mantequilla de maní natural
Este desayuno me mantenía satisfecha hasta media mañana y no me provocaba acidez, que fue un problema constante durante el tercer trimestre.
Las meriendas que me salvaron
Entre comidas principales, estos snacks me funcionaron perfecto:
– Yogur griego con granola casera
– Manzana con mantequilla de almendra
– Palitos de zanahoria con hummus
– Mix de frutos secos y frutas deshidratadas sin azúcar añadida
Cuando consultar con profesionales
Las señales que me hicieron buscar ayuda
Aunque quería manejar todo naturalmente, hubo momentos donde necesité orientación profesional. Consulté con mi médica cuando:
– Las náuseas me impedían retener líquidos por más de 24 horas
– Perdí más de 2 kilos durante el primer trimestre
– Desarrollé aversiones tan fuertes que mi dieta se volvió muy limitada
– Los antojos de sustancias no alimentarias (como almidón) aparecieron
La Academia Americana de Pediatría enfatiza la importancia de mantener comunicación constante con el equipo médico sobre cambios en el apetito y la alimentación durante el embarazo.
El papel del nutricionista en mi embarazo
Consultar con una nutricionista especializada en embarazo fue una de las mejores decisiones que tomé. Me ayudó a:
– Planificar menús semanales adaptados a mis aversiones
– Calcular si estaba obteniendo suficientes nutrientes
– Ajustar mi alimentación según cada trimestre
– Manejar la acidez y el estreñimiento a través de la dieta
Errores que cometí y lo que aprendí
El mito de «comer por dos»
Mi error más grande fue interpretar literalmente lo de «comer por dos». Durante algunas semanas del segundo trimestre, comí porciones mucho más grandes pensando que era lo correcto. El resultado: me sentía pesada, incómoda y gané peso muy rápidamente.
Aprendí que el bebé es muy pequeño y sus necesidades calóricas también. Las 300 calorías extra realmente son suficientes – equivalen aproximadamente a un sándwich de mantequilla de maní o un yogur con granola.
No planificar las comidas
Cuando no planificaba qué comer, terminaba eligiendo opciones poco nutritivas por comodidad. Los días que llegaba hambrienta sin haber pensado en la comida, recurría a comida rápida o procesada.
La solución que encontré fue dedicar los domingos a planificar las comidas de la semana y dejar algunas opciones preparadas. Lavaba y cortaba verduras, cocinaba granos en grandes cantidades, y tenía siempre opciones de snacks saludables disponibles.
Hidratación: más importante de lo que pensaba
Cuando descubrí que necesitaba mucha más agua
Durante mi segundo trimestre, empecé a tener dolores de cabeza frecuentes y me sentía mareada. Mi médica me preguntó sobre mi consumo de agua y me di cuenta de que apenas tomaba un litro al día. Según los Centros para el Control de Enfermedades, las mujeres embarazadas necesitan aproximadamente 2.3 litros de líquidos diarios.
Estrategias que me ayudaron a tomar más agua
- Botella grande siempre visible: tenía una botella de un litro en mi escritorio y me aseguraba de terminarla antes del almuerzo
- Agua con sabor natural: agregaba rodajas de limón, pepino o menta para hacerla más atractiva
- Recordatorios en el teléfono: alarmas cada 2 horas para recordarme tomar agua
- Otros líquidos cuentan: té de hierbas, caldos caseros, agua de coco (con moderación por el azúcar)
Mi reflexión después de vivir todo el proceso
La alimentación durante el embarazo no tiene que ser perfecta todo el tiempo. Hubo días donde mi cena fue cereal con leche porque era lo único que me apetecía, y días donde comí más dulces de los que debería. Lo importante es el patrón general, no cada comida individual.
Cada embarazo es diferente, cada mujer tiene necesidades distintas, y lo que funcionó para mí puede no funcionar para ti. Escucha tu cuerpo, mantén comunicación abierta con tu equipo médico, y recuerda que hacer lo mejor que puedes cada día es suficiente.
Si estás pasando por tu propio proceso de embarazo, date gracia. No tienes que ser la mujer embarazada perfecta con la dieta perfecta. Lo que importa es que te cuides, busques ayuda cuando la necesites, y confíes en que tu cuerpo y tu bebé son más resilientes de lo que imaginas.
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